¿Cuál es nuestra situación actual?
En un mundo interconectado como en el que vivimos, con múltiples influencias culturales, de cambios vertiginosos, las nuevas generaciones se han formado en un paisaje humano plagado de violencia, desigualdades y antivalores.
Las relaciones que se imponen en este paisaje son de competencia e individualismo. Cada uno en despiadada lucha trata de ser quien gane. Pero, en realidad, quien gana terreno día a día es la desconfianza de unos a otros y la violencia.
Todo esto lleva a que las relaciones humanas sean fragmentadas, produciendo aislamiento. Un fuerte sentimiento de soledad se alberga en el alma humana dificultándola a recibir y dar afecto.
Todo esto imposibilita una comunicación sentida, directa y profunda.
La falta de afecto, de referencias válidas, la no participación real en la toma de decisiones para cambiar la situación en la que se vive, la ausencia de un sentido que vaya más allá de lo inmediatista, consumista y acumulativo, son parte de la violencia invisible que día a día invade a nuestros jóvenes y, por cierto a todos y a cada uno de nosotros.
Frente a esta situación de aislamiento e incomunicación, los medios de difusión en manos de los grandes grupos económicos, juegan el papel de defender sus intereses exacerbando la violencia en sus formas más groseras.
Generan y ejercen violencia psicológica por la imposición de modelos y antivalores, mostrando un recorte de la “realidad”, que lejos de poder ser transformada positivamente es mostrada con un rostro cada vez más feroz.
Muchos de nuestros jóvenes son acosados con las drogas, y otros se fugan con el alcohol de este mundo deshumanizado que se les presenta.
Ante esta situación de violencia ¿cómo podríamos extrañarnos del avance del nihilismo individualista y la creciente sensación de pánico?
Lejos se está de reflexionar hacia dónde se va como sociedad.